sábado, 28 de noviembre de 2015

ASÍ FUE COMO SALVAMOS EL RANCHO

En 1899 ya habíamos aprendido a dominar la oscuridad, pero no el calor de Texas. Nos levantábamos de noche, horas antes del amanecer, cuando apenas había una mancha añil en el cielo oriental y el resto del horizonte seguía negro como el carbón. Como todos los veranos, las tierras se volvían de un amarillo seco, y la vida en los campos desaparecía casi por completo. Los animales más viejos del rancho luchaban para sobrevivir un verano más. Pero las bajas nos preocupaban a todos, pues en los últimos años el número de animales había disminuido preocupantemente, y con ello las ganancias.  Si seguíamos así al final hubiéramos tenido que vender el racho, pero nuestra suerte cambió de un momento para otro.

Ese día la familia nos habíamos levantado temprano como normalmente. Las mujeres de la casa preparaban el desayuno para los niños mientras los hombres que trabajábamos al campo empezábamos a desfilar hacía las cuadras de los caballos para volver a encerrar a los animales, ya que como durante el día no pueden pastar a causa del calor insoportable los dejábamos sueltos durante las noches por los alrededores de la casa, pero esa mañana no había ninguno.

Subimos a los caballos y salimos galopando en todas direcciones para buscarlos.  Un grupo nos dirigimos al río, era un buen sitio donde podrían ir para soportar el calor, y acertamos. Estaban todos ahí, no faltaba ni uno. Los ganados estaban pastando de la hierba verde que crecía al lado del río, las ovejas estaban con sus patas en el agua, y los perros, más listos, habían cavado agujeros en la arena de la orilla para encontrar un lugar más fresco donde tumbarse.

Con los caballos empezamos a dirigirlos de vuelta, pero cuando iba a sacar una oveja de dentro del río que se había quedado atrapada en unas ramas de árbol secas, me caí a causa de uno de los agujeros de los perros y vi algo que me sorprendió, algo maravilloso. No me lo podía creer. Había pequeñas pepitas de oro, eran casi invisibles para el ojo humano. Pero estaban ahí, algunas pegadas a mi pantalón negro, el cual las hizo más visibles. Sin pensármelo dos veces grité a los demás para que vinieran, y juntos empezamos a cavar más hondo.

Habíamos encontrado una pequeña sedimentación de oro. Todos los chicos estaban tan maravillados como yo, ahora podríamos pagar al banco los impuestos que debíamos y como mínimo teníamos para una ampliación del rancho. La suerte se volvió de nuestra parte. 


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