En 1899 ya habíamos aprendido a dominar la oscuridad, pero no
el calor de Texas. Nos levantábamos de noche, horas antes del amanecer, cuando
apenas había una mancha añil en el cielo oriental y el resto del horizonte
seguía negro como el carbón. Como todos los veranos, las tierras se volvían de
un amarillo seco, y la vida en los campos desaparecía casi por completo. Los
animales más viejos del rancho luchaban para sobrevivir un verano más. Pero las
bajas nos preocupaban a todos, pues en los últimos años el número de animales había
disminuido preocupantemente, y con ello las ganancias. Si seguíamos así al final hubiéramos tenido
que vender el racho, pero nuestra suerte cambió de un momento para otro.
Ese día la familia nos habíamos levantado temprano como normalmente.
Las mujeres de la casa preparaban el desayuno para los niños mientras los
hombres que trabajábamos al campo empezábamos a desfilar hacía las cuadras de
los caballos para volver a encerrar a los animales, ya que como durante el día
no pueden pastar a causa del calor insoportable los dejábamos sueltos durante
las noches por los alrededores de la casa, pero esa mañana no había ninguno.
Subimos a los caballos y salimos galopando en todas
direcciones para buscarlos. Un grupo nos
dirigimos al río, era un buen sitio donde podrían ir para soportar el calor, y
acertamos. Estaban todos ahí, no faltaba ni uno. Los ganados estaban pastando
de la hierba verde que crecía al lado del río, las ovejas estaban con sus patas
en el agua, y los perros, más listos, habían cavado agujeros en la arena de la
orilla para encontrar un lugar más fresco donde tumbarse.
Con los caballos empezamos a dirigirlos de vuelta, pero
cuando iba a sacar una oveja de dentro del río que se había quedado atrapada en
unas ramas de árbol secas, me caí a causa de uno de los agujeros de los perros
y vi algo que me sorprendió, algo maravilloso. No me lo podía creer. Había
pequeñas pepitas de oro, eran casi invisibles para el ojo humano. Pero estaban
ahí, algunas pegadas a mi pantalón negro, el cual las hizo más visibles. Sin
pensármelo dos veces grité a los demás para que vinieran, y juntos empezamos a
cavar más hondo.
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